La contaminación lumínica es el brillo del cielo en la noche, que se produce fundamentalmente sobre las zonas habitadas, debido al uso y difusión de la luz artificial excesiva o mal orientada, haciendo que la oscuridad nocturna disminuya, y ocultando a la vista la luz de la mayoría de los astros. Sin embargo, el daño causado por este tipo de contaminación no afecta sólo a la capacidad del ser humano para percibir la belleza nocturna de las estrellas, sino también a las personas dentro de las viviendas, o incluso a las condiciones de los seres vivos que dependen de la oscuridad, como animales o plantas cuya actividad se desarrolla bajo esta. La posibilidad de disponer de energía de bajo coste ha hecho que se manden al cielo grandes cantidades de luz, que reflejadas por partículas de la atmósfera, iluminan el cielo escondiendo, aunque parezca imposible, el universo a nuestros ojos. La luz que irradian a la atmósfera las grandes ciudades españolas puede alcanzar un globo de 20 km. de altura sobre la urbe, y las carreteras de nuestra geografía multiplican cinco veces la utilizada en otros puntos de Europa, donde la luz empleada es suficiente.
En nuestro país existen 4,2 millones de luminarias gestionadas por los organismos públicos. Por ello, las comunidades autónomas, ayuntamientos y asociaciones se esfuerzan ya en paliar este problema, gracias a leyes, normativas o subvenciones referentes al alumbrado público, a la reducción del gasto energético y del flujo luminoso producido por las ciudades, a la adaptación de los elementos actuales o sustitución para paliar sus efectos negativos sobre la atmósfera. Como dato significativo, destaca la petición de los líderes nacionales el pasado febrero a la Comisión Europea: la presentación de propuestas para mejorar la eficiencia energética del alumbrado público para 2008.




