
Las vacaciones se han terminado y vuelven los atascos, el coche, las prisas, las jornadas completas… y, para muchos trabajadores, también una mayor presencialidad en la oficina. El debate sobre el regreso físico al puesto de trabajo vuelve a cobrar fuerza coincidiendo con el inicio del nuevo curso laboral y con grandes compañías que están reduciendo sus políticas de teletrabajo.
Pero el debate empieza a ir mucho más allá de determinar cuántos días debe acudir una plantilla físicamente a su puesto de trabajo. Si volver a la oficina implica recuperar desplazamientos, madrugones, atascos y jornadas enteras fuera de casa, las empresas se enfrentan también al reto de conseguir que sus espacios ofrezcan suficientes motivos para querer estar en ellos.
Los datos reflejan esa tensión. Según la Guía del Mercado Laboral 2026 de Hays, el 50% de las empresas en España ya opera de forma totalmente presencial, frente al 38% del año anterior. Al mismo tiempo, el Estudio de Retos y Tendencias en RRHH 2026 de Pluxee señala que el 67% de los empleados continúa prefiriendo un modelo híbrido.
Esta realidad está llevando la conversación sobre la vuelta presencial hasta un terreno que durante años podía parecer secundario: la arquitectura y el diseño de las propias oficinas.
El espacio de trabajo ha dejado de concebirse únicamente como el lugar físico en el que se desarrolla una actividad para convertirse también en una herramienta con la que las compañías pueden potenciar el bienestar de sus empleados, facilitar la concentración y la colaboración, reforzar el sentimiento de pertenencia, favorecer el rendimiento y contribuir a la atracción y retención del talento.
La transformación ya se refleja en las empresas. El informe Workplace Trends España 2026, elaborado por PwC y Savills, señala que el 71% de las compañías ha cambiado el diseño de sus espacios de trabajo durante los últimos cinco años y el 70% prevé volver a modificarlo durante la próxima década. Además, tres de cada cuatro empresas consideran que la oficina seguirá siendo importante o muy importante dentro de diez años.
El mismo estudio apunta precisamente a una evolución del concepto de workplace: una vez asentadas cuestiones como la flexibilidad y los nuevos modelos de trabajo, la experiencia de las personas, el bienestar y el diseño centrado en el usuario están ganando protagonismo. La oficina permanece, pero cambia aquello que se espera de ella.
Tabla de contenido
ToggleUn espacio de trabajo pensado para las personas
Esta evolución es la que aborda desde WÄLMO Estudio la fundadora y arquitectura Ana Pradillo basándose en la metodología WELL, una referencia internacional para analizar cómo el entorno construido puede influir sobre la salud y el bienestar de las personas.
Desde WÄLMO, el diseño de un espacio de trabajo se aborda a partir de tres grandes dimensiones: diseño, bienestar y rentabilidad. Esto implica analizar no solo la imagen de una oficina, sino también cómo aspectos como la iluminación, la acústica, la temperatura, la calidad del aire, la privacidad, el mobiliario, la vegetación o la propia distribución condicionan la experiencia diaria de quienes la utilizan.
La diferencia resulta especialmente relevante en un momento en el que la oficina tiene que competir, inevitablemente, con algunas de las ventajas que los profesionales han experimentado trabajando desde casa. El espacio presencial necesita aportar aquello que justifica su propia existencia: mejores condiciones para colaborar, interactuar, compartir conocimiento, construir cultura corporativa y generar relaciones humanas, sin renunciar al confort, la concentración y las necesidades individuales.
Una oficina saludable es mucho más que una oficina bonita
En este contexto cobra especial importancia la metodología WELL. Su planteamiento incorpora ámbitos relacionados con el aire, el agua, la iluminación, el movimiento, el confort o la salud mental, trasladando al diseño arquitectónico elementos que afectan directamente a la experiencia cotidiana dentro de un edificio.
Aplicado a una oficina, este enfoque obliga a mirar mucho más allá de la estética. Un espacio visualmente atractivo puede resultar poco adecuado si dificulta la concentración, genera demasiado ruido, ofrece poca privacidad, presenta problemas de iluminación o no dispone de diferentes ambientes adaptados a las tareas que desempeñan sus usuarios.
“Una oficina saludable no es simplemente una oficina bonita. Puedes tener un espacio espectacular visualmente y que sea incómodo para trabajar porque tiene mala acústica, poca privacidad, una iluminación inadecuada o una distribución que no responde a las tareas reales de la plantilla.”, explica Ana Pradillo.
Esta visión está dando lugar a oficinas cada vez menos uniformes. Frente a grandes espacios diseñados bajo una única lógica, las nuevas sedes incorporan zonas diferenciadas para concentración, colaboración, reuniones, encuentros informales, descanso o privacidad, buscando responder a momentos y necesidades diferentes a lo largo de una misma jornada laboral.
No se trata de convertir literalmente la oficina en una vivienda, sino de acercarla al concepto de “segundo hogar” entendido desde el bienestar: un entorno en el que las personas van a pasar cientos o miles de horas cada año y que, por tanto, debería ser cómodo, saludable y capaz de adaptarse a quienes lo habitan.
El diseño como inversión empresarial
Esta evolución también está cambiando la forma de entender económicamente una oficina. El diseño y la arquitectura dejan de ser únicamente una partida asociada a la estética o al acondicionamiento para entrar en cuestiones relacionadas con productividad, rendimiento, compromiso, cultura empresarial, experiencia del empleado y retención de talento.
Precisamente, Workplace Trends España 2026 apunta a que el espacio de trabajo está evolucionando desde una decisión fundamentalmente operativa hacia una herramienta estratégica capaz de influir en la eficiencia y en la experiencia de las personas.
Para Pradillo, este será uno de los grandes retos de esta nueva etapa de mayor presencialidad: “Si queremos que las personas quieran volver a la oficina, tenemos que darles motivos para hacerlo. El espacio tiene que aportar bienestar, facilitar que trabajemos mejor y potenciar precisamente aquello que la presencialidad puede ofrecernos”.
Ahora que septiembre devuelve a miles de profesionales a su rutina y la presencialidad vuelve a ganar terreno, la cuestión puede dejar de ser únicamente cuántos días deben pasar los trabajadores en la oficina.
La verdadera pregunta es: ¿a qué tipo de oficina estamos pidiendo a la gente que vuelva?




