El Palacio de Congresos de Badajoz, cuya construcción ha sido promovida por la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, forma ya parte de la red de Palacios de Congresos, junto al existente en Mérida, obra reciente del estudio Nieto y Sobejano, y con los próximos previstos en Plasencia y Cáceres, todos ellos con una gran carga arquitectónica y artística, que han de convertirse en símbolos de las ciudades que los acogen. Ésta es la función que se ha buscado y encontrado, sin duda alguna, en el Palacio de Congresos de Badajoz, que es hoy un faro cultural de la urbe.
Una idea clara asalta al visitante cuando aparece ante él la obra de José Selgas y Lucía Cano: la muralla sigue estando donde estaba. En el mismo punto de la ciudad permanece inmóvil el ancestral e imponente baluarte de San Roque, manteniendo la antigua plaza de toros como metáfora, en idéntica disposición, simetría y aspecto. Una simbiosis que narra el recuerdo de gran cantidad de historias entrelazadas entre sí, algunas buenas y otras que debieran olvidarse pronto, unas demostradas y otras ocultas al paso de los años. Un texto escrito siempre bajo la hegemonía de la historia natural de una ciudad, de la Badajoz de los ciudadanos, la urbe que ellos viven día a día, y que ha de permanecer centrada y serena, estable. De ahí que el Palacio de Congresos, dos círculos concéntricos, trabajados en distintos materiales, pero que conviven en armonía, puedan ser punto de encuentro de día y faro y guía de noche.




