Cuando el Hombre empezó a desarrollar la agricultura y la ganadería y abandonó la antigua forma de vida nómada, basada en la caza y la recolección, surgió la necesidad de imaginar nuevas formas de protegerse de las inclemencias meteorológicas en su nueva vida sedentaria. El paulatino dominio de las técnicas de alfarería y de producción cerámica de las antiguas civilizaciones metropolitanas ubicadas en la zona de Oriente Próximo entre el tercer y cuarto milenio antes de Cristo sería la antesala de la utilización de la teja para techar las viviendas en los cada vez más frecuentes y extensos núcleos poblacionales. “Se pueden definir las tejas cerámicas como piezas obtenidas mediante prensado o extrusión, secado y cocción de una pasta arcillosa, que se utilizan para la realización del elemento de estanqueidad de la cubierta. Dicha estanqueidad se consigue por las características del propio material, la forma de las piezas, los solapes entre ellas y su correcta colocación”, se indica desde la Asociación Española de Fabricantes de Ladrillos y Tejas (Hispalyt). A partir de la teja, se pudieron empezar a crear cubiertas inclinadas que facilitaban el desagüe de las lluvias, una mejor resistencia ante los vientos, etc. Como explica Marta Vales, del departamento de Calidad de Padreiro, empresa propietaria de la marca Tripomant, “las cubiertas inclinadas son sistemas constructivos que se utilizan desde tiempos inmemoriales y que han cumplido de sobra a lo largo de los tiempos la función de evitar las entradas de agua en el interior de hogares y edificaciones. Actualmente seguimos empleando este sistema, con la salvedad de que se incorporan nuevos materiales”. Y aunque la teja cerámica no sea el único material con el que ejecutar estas cubiertas, sí que es el más conocido y difundido.




