Día Mundial de la Arquitectura: diseñar pensando en lo que pasa después

Hay una prueba bastante sencilla para saber si un espacio está bien resuelto: pasar mucho tiempo dentro de él.

Una fotografía aguanta casi todo. Puede enseñarnos una vivienda espectacular, una oficina impecable, una clínica de líneas puras o el vestíbulo de un hotel que parece diseñado para quedarse a vivir. Pero después llega la vida. Llegan las ocho horas de trabajo, la noche de sueño, la espera antes de entrar a una consulta, el ruido de otras conversaciones, el sol de la tarde, la falta de intimidad o ese rincón al que, sin saber muy bien por qué, siempre terminamos volviendo. Y es entonces cuando la arquitectura empieza a demostrar si realmente funciona.

Creo que durante demasiado tiempo hemos asociado un buen proyecto con aquello que entra por los ojos. Evidentemente, la belleza importa. Sería absurdo que una arquitecta defendiera lo contrario, ¿verdad? Pero un espacio no debería terminar en su imagen. La pregunta verdaderamente interesante empieza después: ¿cómo se vive?

Pensemos en una clínica. Todavía tenemos muy interiorizada la idea de que un espacio sanitario debe transmitir cierta frialdad. Superficies blancas, iluminación uniforme, pasillos, puertas, salas de espera. Entendemos perfectamente las exigencias técnicas e higiénicas que hay detrás, pero quizá hemos confundido durante demasiado tiempo asepsia con impersonalidad.

Quien entra en una clínica no lo hace igual que quien entra en una tienda. Puede estar nervioso, preocupado, cansado o acompañando a alguien que lo está. En ese contexto, disponer de intimidad, orientarse fácilmente, no sentirse expuesto en una sala de espera, tener una iluminación agradable o reducir el ruido no son detalles decorativos. Son parte de la experiencia de ese espacio.

La arquitectura no cura una enfermedad y no debemos atribuirle capacidades que no tiene. Pero sí puede evitar añadir incomodidad a una situación que ya puede ser difícil. Para mí, ahí empieza la humanización.

Con las oficinas ocurre algo diferente y, al mismo tiempo, bastante parecido. Después de años discutiendo sobre presencialidad y teletrabajo, quizá nos hemos hecho poco una pregunta esencial: ¿qué ofrece el espacio al que estamos pidiendo a la gente que vuelva?

No creo que una oficina tenga que parecer una casa. Son lugares distintos y deben seguir siéndolo. Pero si una persona va a pasar allí cientos de horas al año, parece razonable exigir algo más que una mesa y una silla.

Hay momentos en los que necesitamos hablar y otros en los que necesitamos que nadie nos hable. Necesitamos reunirnos, concentrarnos, movernos, encontrar cierta privacidad o levantarnos cinco minutos y cambiar de ambiente. Una oficina que obliga a todos a hacer todo en el mismo lugar termina funcionando mal, por muy espectacular que resulte en las fotografías de su inauguración.

Algo parecido sucede en nuestras propias casas. Es probablemente donde mejor entendemos que los metros cuadrados no lo explican todo. Todos conocemos viviendas pequeñas en las que apetece quedarse y casas enormes que, sin embargo, resultan incómodas. ¿Por qué?

A veces la respuesta está en algo tan sencillo como por dónde entra la luz. En si podemos abrir una ventana sin escuchar permanentemente el tráfico. En si el dormitorio permite realmente descansar, en si tenemos un lugar donde aislarnos un rato o en si la distribución responde a nuestra forma de vivir y no a una idea abstracta de cómo debería vivir una familia.

No hay una receta universal. Y precisamente por eso diseñar consiste, antes que nada, en escuchar y entender.

En los hoteles esta cuestión se vuelve todavía más interesante. Un hotel tiene muy poco tiempo para conseguir que una persona se sienta cómoda en un lugar que no conoce. La arquitectura y el interiorismo construyen esa primera relación casi inmediatamente.

Podemos sentir que estamos en un alojamiento idéntico a otros cien o podemos reconocer algo del lugar en el que hemos llegado. Podemos atravesar las zonas comunes camino de nuestra habitación o querer quedarnos en ellas. Podemos recordar un hotel por una fotografía bonita o porque realmente estuvimos bien allí. Esa diferencia también se diseña.

Por eso me interesa especialmente todo lo que plantea la metodología WELL. Debemos introducir más asiduamente en la conversación cuestiones que durante años han quedado en un segundo plano: qué aire respiramos, cómo es la luz que recibimos, qué escuchamos, cómo nos movemos, qué relación tenemos con la naturaleza o qué nivel de confort sentimos dentro de un edificio. Son cuestiones muy básicas. Quizá precisamente por eso son tan importantes.

La buena arquitectura no debería obligarnos a pensar constantemente en ella. Cuando una habitación está bien ventilada, cuando la acústica funciona o cuando un recorrido resulta intuitivo, rara vez entramos en un edificio diciendo: “qué bien está diseñado este espacio”. Simplemente estamos bien.

Y eso tiene algo de paradójico para nuestra profesión. Algunas de nuestras mejores decisiones son precisamente aquellas que el usuario nunca llegará a identificar. Y esa parte menos visible de nuestro trabajo es precisamente la que debemos reivindicar y poner de manifiesto.

Podemos hablar de edificios, materiales, tendencias y formas. Debemos hacerlo. Pero no olvidemos qué ocurre después de entregar una obra, cuando desaparecen las fotografías del proyecto y empiezan a entrar personas.

Una clínica será utilizada por alguien que espera una noticia. Una oficina por alguien que intenta hacer bien su trabajo. Una vivienda terminará llenándose de rutinas, discusiones, cenas y domingos. Y una habitación de hotel será, durante unas horas, la casa de alguien que está lejos de la suya.

La arquitectura empieza sobre el papel, pero su verdadero sentido aparece después, cuando comienza la vida dentro.

Ana Pradillo, titulada en arquitectura superior, MBA y fundadora de WÄLMO Estudio, firma especializada en arquitectura, interiorismo y diseño de espacios con un enfoque centrado en el bienestar de las personas.

Ana Pradillo
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