
En esta entrevista exclusiva para el Especial Diálogo con Arquitectos, el arquitecto Miquel Espinet reflexiona sobre su carrera, su visión de la arquitectura y los desafíos que ha enfrentado a lo largo de su trayectoria. Desde sus años universitarios hasta su influencia en el ámbito del FAD, nos comparte sus inquietudes sobre la evolución de la profesión, la importancia de los materiales y la responsabilidad social del arquitecto. A través de una conversación profunda y sincera, nos invita a explorar su enfoque personal y profesional, que ha marcado un hito en la arquitectura catalana y más allá.
¿Qué lo llevó a elegir la arquitectura como profesión? ¿Hubo algún momento o experiencia que consolidara su vocación?
Los estudios y, más concretamente, la profesión de arquitecto ha tenido durante siglos un enganche vocacional indiscutible que venía de lo más profundo de la personalidad.
Construir edificios, diseñar palacios, abrir paisajes…, requiere un cierto espíritu de aventura. Por eso, siempre he entendido que quienes estudian arquitectura se obligan a un tipo de militancia especial, a una manera inequívoca de ver el mundo. La razón de estos estudios se entrelaza con las ideas imposibles y la abstracción se convierte en un método de avance proyectual. ¡Pocos estudios requieren de esta complejidad!
En mis años universitarios, a mediados de los 60, la mitad de los alumnos de primer curso tenían padres arquitectos. Venían a la Escuela con lápices Faber Castell y reglas de cálculo. El arquitecto, pensábamos, era eso mismo: manos para crear y cálculos para sustentar el volumen imaginado.
La vocación se nos suponía: Coderch, Bohigas, Correa…, ordenaban sus ideas y las explicaban para alumnos vocacionales. Sin esa predisposición mental era imposible avanzar en una selva de estudios aparentemente contradictorios. Algebra, cálculo, geometría descriptiva y, a la vez, composición, proyectos, historia de la arquitectura…




