
“La madera no vuelve por una cuestión de moda o de estética. Vuelve por necesidad ambiental.” Con esta contundencia resume Arquima el cambio de paradigma que está viviendo uno de los materiales más antiguos de la construcción. Tras décadas relegada por el hormigón y el acero y estigmatizada por su asociación con lo provisional y lo combustible, la madera recupera protagonismo gracias a la industrialización, el desarrollo de productos de ingeniería como el CLT (madera contralaminada) y la madera laminada encolada, y una industria que, según Finsa, ha transformado “un recurso natural heterogéneo en un producto de ingeniería fiable, predecible y competitivo”.
El argumento ambiental es decisivo: la madera es el único material estructural que fija carbono durante su crecimiento, mientras que el hormigón y el acero son responsables de una parte crítica de las emisiones globales de CO₂. Pero las ventajas son también técnicas y constructivas. Su excelente ratio resistencia/peso, su baja conductividad térmica “muy inferior a la del hormigón y muchísimo menor que la del acero”, señala Grupo ALVIC, su capacidad higroscópica natural y la rapidez del montaje en seco, que según Finsa reduce los tiempos de ejecución entre el 30 % y el 50 %, la convierten en una solución especialmente eficaz en rehabilitaciones, obras con plazos ajustados y entornos urbanos densos.
Ahora bien, su incorporación no está exenta de exigencias. Desde Promat Ibérica advierten que “el crecimiento en construcción en madera debe ir acompañado de soluciones de seguridad igualmente avanzadas”, y precisan que requiere una estrategia específica de protección pasiva contra incendios desde las primeras fases del proyecto. La clave, coinciden todos los especialistas, no es sustituir automáticamente el hormigón o el acero, sino integrar la madera en una estrategia global que contemple estructura, envolvente, acústica, humedad, durabilidad y protección. ¿Está el sector listo para dar ese paso con rigor?




